Hoy el Papa pisa Annaba, la antigua Hipona, y no es una parada cualquiera. Está entrando en la casa de uno de los grandes “influencers” de la historia: San Agustín.
Agustín no empezó siendo santo ni mucho menos. Fue joven brillante, inquieto, algo rebelde y bastante hedonista. Probó de todo: filosofía, placeres, ambición… hasta que, tras una buena dosis de dudas existenciales (y alguna que otra crisis de sentido), dio un giro radical a su vida. De buscador incansable pasó a convertirse en uno de los pensadores más influyentes de Occidente.
Su “producto estrella” no fue una doctrina complicada, sino algo muy humano: la historia de alguien que se equivoca, busca, cae y vuelve a levantarse. En sus Confesiones dejó una especie de autobiografía emocional que hoy sigue conectando porque habla de inquietudes que no pasan de moda: quién soy, qué sentido tiene todo esto, por qué nunca estamos del todo satisfechos.
Y claro, para el Papa —en este caso Papa Francisco— llegar a Annaba no es solo una visita institucional. Es casi como ir a ver al maestro que, siglos después, sigue marcando el camino. Porque muchas de las ideas que hoy sostienen el pensamiento cristiano llevan la firma de Agustín.
Así que más que un viaje, es una especie de “regreso al origen”. A ese lugar donde un hombre normal, con sus luces y sombras, acabó cambiando la forma en que entendemos el alma humana.















































































































































































































































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